23 de noviembre de 2012


Una humilde patata  basta a veces para echar a volar el talento que llevamos dentro... 




Eso que sólo surge plantando una semilla.

(Cristian Menéndez Fernández. El Entrego. 4º ESO)
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Tan solo habían pasado dos años desde que ocurrió. No había quedado vestigio de ella en la casa salvo un par de fotos descoloridas... Aunque su alma se resistía a irse. Seguía firme con el propósito de permanecer eternamente a su lado, rompiendo las barreras de la vida y de la muerte. 
Él estaba solo, había dedicado su vida entera a ella, y ahora se había quedado solo. Al alma le llegó el momento de abandonar definitivamente el mundo de los vivos. Con sus últimas fuerzas, pretendiendo cumplir la promesa de estar siempre juntos, le cedió su corazón, de modo que pudiera conservarlo durante más tiempo del que lo había hecho ella y de forma que sus latidos acompañasen a los de su amante, formando un dueto inquebrantable. 
El chico reconoció la señal en cuanto la vio, y con los ojos llorosos, miró al cielo, agarrando entre sus manos  el pequeño tubérculo, y se lamentó de que se la hubiese llevado consigo tan pronto. Sólo tenía veinte años, y le quedaba toda una vida por delante. 

(Javier Quesada Funes. El Entrego. 4º ESO)


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La patata de los anhelos fue servida en el plato del joven. Este ávido de apetito no reparó en su excepcional forma de corazón y la degustó sin demasiado entusiasmo, sin ni siquiera advertir que estaba ingiriendo la patata de los deseos. A la mañana siguiente, el muchacho se percató de este hecho y al instante, sintió un gran júbilo por haber encontrado la preciada y única patata y poder disponer así, de al menos una petición que esta le podría conceder. El joven, le pidió así ayuda con una materia que le preocupaba, la creación de poemas para la materia de Literatura. La patata desde el corazón del joven, que cada vez movía su pluma con mayor celeridad y maestría instruyó a este en la práctica de las palabras transmitidas al papel. Pero la poesía no está escrita en el papel, está escrita en el corazón de quien la escribe y de quien la lee, y deja huellas en los corazones, tanto o más que en el papel. Desde entonces la poesía alimenta el corazón del hombre.

(Irene Coto Orviz. El Entrego. 4º ESO)

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En un huerto solitario
rodeado de espino
vi cómo el rocío diario
dio un fruto divino.

Cogerlo para mí dudé.
Me pregunté, ¿qué haría?
Pensé, ¿lo comeré?
pero mi boca ya lo mordía.

Era un sabor puro
corazón tierno, exterior duro.
No conozco sabor más delicioso
que aquel fruto dichoso.

(Alejandro Fernández Conde. El Entrego. 3º ESO)







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