15 de noviembre de 2013

MI NUEVA AMIGA

El autobús que me lleva todas las mañanas al trabajo está decrépito, como sacado de los primeros capítulos de Cuéntame. Tiene pinta de haber asistido a alguna que otra gloria y a muchas derrotas. Subir y sentarse es como sacar billete en la máquina del tiempo. 
Al principio me sentía usurpadora del asiento de alguien de otra dimensión y con el paso de los días creí ser mi abuela bajando a la villa con su cesta el día de mercado. Hasta las voces de los estudiantes bulliciosos suenan en él con ecos de épocas pretéritas.
Pero he descubierto algo, hace dos semanas, que ha cambiado por completo el viaje: una carita asustada justo en frente del sitio que suelo ocupar, a la derecha, junto a la ventanilla. Al principio mantuvimos las distancias, nos observábamos, pero encontrarnos a las siete y poco de la mañana de lunes a viernes une mucho y mis ojeras y cara de sueño deben haberla conmovido, pienso yo. Eso y que la carretera de montaña me da miedo, creo que me lo nota. A cambio a mí me emociona su gesto atrapado en el tiempo, su asombro constante, justificado, claro, si pienso en la de vida que lleva tragada esa mirada.
El viaje se hace corto en compañía, yo le cuento de mis achuchones de tristeza, del amor de mi niño, de los malos y los buenos ratos con los alumnos… y ella (porque es mujer, no me cabe duda) escucha con su gesto de sorpresa permanente.
Ayer, al llegar a mi parada, me pareció que ensayaba un guiño cómplice. Yo respondí con una sonrisa. Creo que el conductor empieza a mirarme mal.
Hoy tocaba un autobús nuevo, qué falto de todo, dios mío, ajeno como habitación de hotel.
Mañana volverá el de siempre, pasaremos al tuteo, seguro. 

Ya te contaré.

(Elvira Laruelo)

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